Hay restaurantes que nacen con la intención de sorprender. Otros parecen responder a una conversación que comenzó mucho antes de que se sirviera el primer plato. Amapola pertenece más bien a esta segunda categoría.
Inaugurado en octubre de 2025, Amapola, el proyecto gastronómico de Benito Molina y Solange Muris dentro de Banyan Tree Veya Valle de Guadalupe, reúne a un pequeño grupo de comensales alrededor de una cocina abierta. No hay una gran sala que separe al cocinero de quien come ni una sucesión de platos que aparezcan de manera anónima desde detrás de una puerta.
Aquí, buena parte de la experiencia sucede a pocos metros de los chefs.
Según Banyan Tree Veya, el formato busca reducir la distancia habitual entre cocina y comensal: los platos se terminan frente a los invitados y son los propios chefs quienes los presentan. El restaurante trabaja con un menú degustación de seis tiempos que evoluciona con la temporada y que pone en diálogo los productos del Valle de Guadalupe con los del Pacífico.
Pero para entender Amapola hay que salir por un momento del restaurante y regresar más de dos décadas atrás.
Antes de que el Valle fuera el Valle de hoy
Benito Molina y Solange Muris forman parte de una generación que ayudó a cambiar la manera de mirar gastronómicamente a Baja California.
Cuando abrieron Manzanilla en Ensenada en el año 2000, conceptos hoy habituales como producto local, temporalidad o relación directa con el territorio todavía no formaban parte del vocabulario omnipresente de la alta cocina.
Molina había llegado a Baja California para trabajar en Bodegas de Santo Tomás junto al enólogo Hugo D’Acosta. Allí conoció a Solange Muris. En Ensenada encontraron algo que acabaría definiendo buena parte de su trayectoria: una extraordinaria cercanía entre mar, agricultura, vino y cocina. Pescados y mariscos del Pacífico, hortalizas, aceite de oliva y vinos de la región dejaron de ser simplemente ingredientes para convertirse en una manera de entender dónde estaban cocinando.
Más de 25 años después, Amapola recupera esa relación con Baja California, pero en un escenario distinto.
El Valle de Guadalupe ya no es únicamente un territorio agrícola y vitivinícola conocido principalmente por quienes vivían cerca de él. Hoy es uno de los grandes destinos de enoturismo y gastronomía de México, con hoteles, arquitectura de autor, restaurantes y proyectos turísticos que han transformado su visibilidad nacional e internacional.
Su peso es considerable: según la Secretaría de Agricultura, alrededor del 70 % del vino mexicano se produce en el Valle de Guadalupe. En 2026, el Gobierno de Baja California llegó incluso a establecer una delegación específica de Turismo en el Valle para coordinar su creciente actividad hotelera, gastronómica y vitivinícola.
Ese es el Valle al que llegan ahora Molina y Muris con Amapola.
No hacer otro Manzanilla
El nuevo proyecto podía haber tomado el camino fácil: trasladar al Valle una fórmula ya conocida.
No ocurrió así.
Solange Muris ha explicado que uno de los principales retos fue precisamente crear algo que no pareciera una réplica de Manzanilla. Los ingredientes inevitablemente comparten un mismo territorio, pero Amapola debía tener identidad propia. La pareja se involucró no solo en el menú, sino también en la atmósfera y en la manera en que el comensal vive la cena.
El resultado fue un restaurante deliberadamente pequeño.
Cuando abrió, Food & Travel México describió una barra de apenas 16 lugares, dos horarios y un menú fijo de seis tiempos. Una comunicación posterior de Banyan Tree Veya hablaba ya de dos turnos de hasta 18 comensales. Más importante que la cifra exacta es la escala: Amapola está pensado para que la cocina y la sala prácticamente dejen de ser dos espacios diferentes.
No se trata solo de observar cómo trabajan los chefs. La proximidad permite explicar un ingrediente, contar de dónde procede o establecer una conversación que sería difícil reproducir en un comedor de cien cubiertos.
En ese sentido, Amapola se acerca más a una mesa alrededor de una cocina que a la estructura tradicional de un restaurante de lujo.
El Pacífico entra en el Valle

La cocina de Molina y Muris siempre ha tenido una relación estrecha con el mar, y Amapola no abandona esa identidad.
En uno de los menús servidos durante sus primeros meses, la experiencia comenzaba con una reinterpretación marina de la ensalada César, un guiño especialmente significativo en Baja California, territorio donde nació uno de los platos mexicanos más internacionales.
La versión de Amapola incorporaba atún aleta azul y anchoa, llevando hacia el Pacífico una preparación normalmente asociada a lechuga, parmesano y aderezo.
Después llegaban los moluscos: ostión, almeja, mejillón, abulón y caracol componían una secuencia en la que el mar dejaba de ser acompañamiento para convertirse en protagonista.
La lógica continúa en otros platos. Una totoaba de cultivo aparecía acompañada de caldo de frijol negro ahumado y nopales. El pescado se encontraba así con ingredientes profundamente reconocibles de la cocina mexicana.
La totoaba merece una aclaración: la pesca de ejemplares silvestres está protegida, mientras que existen proyectos autorizados de acuicultura. Por eso Amapola especifica el uso de totoaba de cultivo, una precisión importante cuando se trabaja con una especie cuya conservación ha generado una intensa discusión ambiental en México.
También aparecen productos de tierra adentro. Una codorniz del Valle de Guadalupe se ha servido con un guiso de hongos inspirado en sabores tradicionales, mientras que otro de los tiempos ha utilizado un corte New York de wagyu cross de Sierra Blanca acompañado de papa a la sal, caviar de California y crema ácida.
Es aquí donde Amapola se vuelve más interesante que un simple discurso de “kilómetro cero”.
La cocina no pretende que absolutamente todo proceda de unos pocos kilómetros a la redonda. Conviven ingredientes del Valle y del Pacífico con productos como la anchoa cantábrica o el caviar. La identidad regional no funciona como una frontera rígida, sino como el punto desde el cual los chefs construyen el plato.

Cocinar también es recordar
Hay otra idea que atraviesa el menú: la memoria.
Muris y Molina han descrito algunos de sus platos como una forma de “comida para recordar”. No porque reproduzcan literalmente recetas domésticas, sino porque detrás de técnicas contemporáneas aparecen asociaciones muy familiares.
Un abulón puede recordar al hígado encebollado. Un estofado de cangrejo acompañado por tortilla de harina puede remitir al burrito que un pescador llevaría consigo durante una jornada de trabajo. El pescado puede encontrarse con frijoles negros.
Ese juego resulta especialmente relevante en un restaurante de alta cocina.
En lugar de utilizar la técnica para alejarse de lo cotidiano, Amapola la utiliza en ocasiones para regresar a ello. El lujo está presente —en el producto, en el entorno y en el precio de la experiencia—, pero algunos de sus sabores buscan deliberadamente activar recuerdos mucho más sencillos.
Quizá ahí se encuentre una de las claves de la cocina de Molina y Muris después de tantos años: sofisticar un ingrediente sin convertirlo en irreconocible.
Un restaurante dentro de otro tipo de viaje
Amapola no ocupa un local independiente en Ensenada ni una casa aislada entre viñedos. Forma parte de Banyan Tree Veya Valle de Guadalupe, un resort de lujo y bienestar con 30 villas privadas con piscina, spa, experiencias gastronómicas y la vinícola Pictograma dentro de la propiedad.
Ese contexto importa.
La experiencia gastronómica ya no termina necesariamente cuando llega el último postre. El visitante puede dormir entre viñedos, visitar una bodega, participar en actividades de bienestar o continuar la noche en otros espacios del resort.
Amapola forma así parte de un fenómeno cada vez más visible en destinos gastronómicos de América Latina: el restaurante como motivo de viaje y no simplemente como lugar donde comer durante un viaje. Una evolución que también se observa en otros proyectos latinoamericanos, donde gastronomía, hospitalidad y bienestar empiezan a formar parte de una misma experiencia.
Sin embargo, conviene separar el envoltorio de la cocina.
Banyan Tree presenta el proyecto dentro de su discurso de bienestar, sostenibilidad y conexión con la naturaleza. Desde una perspectiva gastronómica, lo relevante es otra cosa: Molina y Muris han encontrado dentro de esa infraestructura un espacio reducido en el que pueden cocinar frente a los huéspedes y controlar de manera muy directa la experiencia.
El resort proporciona el escenario. La identidad de Amapola procede principalmente de sus cocineros y del territorio que llevan décadas interpretando.
Un Valle que también tiene que pensar en su futuro

Esta preocupación tampoco es nueva para Molina. En el documental Surgencia, realizado junto al enólogo Hugo D’Acosta y estrenado en 2024, ambos recorren casi mil kilómetros por la península de Baja California. El viaje no se limita a celebrar el paisaje: también observa las cicatrices dejadas por el desarrollo humano y plantea una reflexión incómoda sobre la huella que gastronomía, vino y turismo han contribuido a dejar en el territorio.
El crecimiento que ha convertido al Valle de Guadalupe en un destino internacional trae consigo otra pregunta: cómo mantener aquello que hizo atractivo al lugar cuando cada vez más hoteles, restaurantes, bodegas y viajeros quieren formar parte de él.
Incluso las autoridades hablan actualmente de la necesidad de impulsar un desarrollo turístico ordenado, equilibrado y sostenible en la zona. Paralelamente, productores vitivinícolas y agrícolas continúan discutiendo cuestiones como competitividad, tecnificación, recursos y sostenibilidad.
Amapola no pretende resolver esas contradicciones.
Pero sí aparece en un momento en que hablar de territorio ya implica algo más que mencionar el origen de una ostra o de una botella de vino. Cocinar el Valle también supone preguntarse qué tipo de destino será dentro de diez o veinte años.
Quizá por eso resulta especialmente interesante que Molina y Muris regresen ahora.
Ellos conocieron otra Baja California gastronómica: menos visible, menos internacional y mucho menos asociada al lujo. Hoy cocinan para un público distinto, dentro de un resort internacional y en una región convertida en destino.
Sin embargo, continúan hablando de pescado, frijoles, tortillas, aceite de oliva, vino, agricultores, pescadores y memoria.
La nueva etapa de Amapola
Amapola sigue siendo un proyecto joven. Abrió en octubre de 2025 y, pocos meses después, ya apareció en la Guía MICHELIN México 2026 dentro de su selección de restaurantes de Baja California.
Su menú no está pensado para permanecer inmóvil. Banyan Tree Veya anuncia actualmente una experiencia de seis tiempos que cambia con las estaciones, mientras que los platos servidos durante sus primeros meses muestran precisamente esa voluntad de adaptación.
Por eso quizás sea un error definir Amapola únicamente por su menú actual.
Su interés está en otra parte.
Después de más de dos décadas cocinando Baja California, Benito Molina y Solange Muris no parecen intentar inventar un territorio nuevo. Están regresando al mismo lugar desde otra etapa de sus vidas y desde otra etapa del propio Valle.
La pregunta ya no es únicamente qué productos ofrece Baja California.
La pregunta es qué hacer con ellos ahora.
Y Amapola parece ser, por el momento, su respuesta.
Fuente: Banyan Tree Veya
Los chefs detrás de Amapola

Solange Muris Evans nació en Cuernavaca, Morelos,
y se formó en el Central Piedmont Culinary College de Charlotte,
Carolina del Norte. En 1999 llegó a Ensenada para trabajar en
Bodegas de Santo Tomás, donde conoció a Benito Molina.
Benito Molina Dubost estudió en el New England Culinary
Institute de Vermont y trabajó posteriormente en La Embotelladora Vieja
de Santo Tomás. Su trayectoria ha sido fundamental para el desarrollo
de una cocina estrechamente vinculada a los productos de Baja California.
Juntos fundaron Manzanilla en Ensenada en el año 2000.
Durante más de dos décadas han trabajado con pescadores, agricultores,
viticultores y productores de la región, contribuyendo a posicionar
Baja California como uno de los territorios gastronómicos más interesantes de México.
